Cooperación doble mantiene el conflicto Israelí-Palestino

La cooperación para el desarrollo está en crisis. En variadas líneas de actuación, una de las principales críticas al modelo – a pesar de constantemente reformulado – es la falta de correspondencia con los contextos locales, la arbitrariedad con muchos proyectos son elaborados, la insuficiente transparencia de las acciones y la falta de apropiación local de los procesos de desarrollo.

En algunos contextos la problemática es aún más profunda, como en las regiones en conflicto. Caso emblemático es el de Palestina, cuyas instituciones representativas subsisten básicamente de aportes de varios países. La Autoridad Nacional Palestina (ANP) recibe de Unión Europea (UE), por ejemplo,  una “contribución permanente” para su funcionamiento, cuyas financiaciones deben ser destinadas a programas de desarrollo de infraestructuras, de desarrollo social y de gobernación, y un “apoyo especial al sector privado de Gaza”, afectada por la guerra de 2009, según informe de la delegación Europea en Ramallah.

La colaboración entre los palestinos y la UE, en el marco de la Política de Vecindad Europea, fue establecida sobretodo con la firma de un Plan de Acción Conjunta UE-ANP, con bases legales en el Acuerdo Interino de Asociación en Comercio y Cooperación entre el bloque y la entidad Palestina. La UE es el mayor donante multilateral de asistencia financiera a los palestinos; apenas Alemania, en 2011, informa haber enviado a los palestinos un total de 42.5 millones de euros.

Así mismo, en ese escenario, la cooperación que más preocupa no es la destinada a los palestinos, sino que la asegurada con Israel. Los que donan a la ANP a la vez que mantienen todo el aparato político Israelí “cooperan” apenas con la perpetuación del conflicto, como es el caso de los asentamientos en territorios Palestinos y las medidas supuestamente de seguridad impuestas contra los territorios que aún habitan los Palestinos. Se supone que en condiciones extremamente restrictivas y degradantes es posible haber algún tipo de desarrollo.

Por eso, crece el boicot, la “desinversión” y las sanciones (BDS) contra el sistema económico y financiero de Israel. Muchos pensadores palestinos ya se manifiestan a favor de esa estrategia, sobre todo cuando leen en periódicos europeos sobre la legalización de los asentamientos Israelís. La coexistencia de las dos políticas – la “cooperación para el desarrollo” con la ANP y la no-sanción de Israel por sus posturas irreductibles y violadoras de los derechos humanos y humanitarios de guerra –  es algo confusa y demuestra la doble moral de las potencias Occidentales.

Eses Estados se dedican a un ideal de cooperación para la “construcción del Estado” en varias partes del mundo. Para la ANP, envían algunos millones anualmente; a Israel, prestan su apoyo incondicional – aunque a veces critiquen la falta de avanzos en las negociaciones – hasta mismo comercializando material militar, según informe de Alejandro Pozo Marín, a pesar de los códigos de conducta europeos, con relación a países en conflicto. En 2010, la UE exportó a Israel casi 53 millones de euros en armas. La cooperación, aquí, es exactamente lo que permite la continuación del conflicto.

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